No me atreveré a afirmar demasiado alto cuál parte sea vaga sospecha ni cuál conato de opinión; pero ando dándole vueltas últimamente al pensamiento de que tanto “Rayuela” como este humilde servidor de usted estamos envejeciendo mal.

Eran bien pocos y dispersos los recuerdos que mi memoria conservaba de esa novela. La desordenada gestión de la numeración de sus capítulos, por supuesto, que, sin embargo, me sorprendió poco en su día, como luego explicaré. Algunos términos que me costó entender, sin ser difíciles, pero, seguramente, era yo demasiado joven; el contexto parisino, que me sorprendió, y no agradablemente; retazos generales del argumento, y una imprecisa frase, conteniendo un nombre propio femenino, con la aún más imprecisa compañía de algún detalle menor próximo.

Asimismo, la conciencia clara y segura de no haber leído ni “62: Modelo para Armar” ni, tampoco, “Libro de Manuel”. Y, sin embargo, al respecto de este último título, la conciencia de mi ignorancia se ha vuelto menos clara y más insegura. Porque, por un cúmulo de casi aleatorias circunstancias, durante un breve periodo de tiempo ando conviviendo con los tres títulos cortazarianos mencionados, y tal situación me ha llevado a concluir que, como digo, ando envejeciendo más bien mal, y que “Rayuela”, a mi entender, está envejeciendo aún peor.

Mi primer encuentro con don Julio había sido “Octaedro”, y lo había encontrado lisa y llanamente genial. Ya en ese volumen el texto que más me impresionó, el “Manuscrito hallado en un bolsillo”, se desarrollaba en (el metro de) París, así que no hay particular razón para que me disgustara encontrarme de nuevo en la Ville Lumière al comienzo de “Rayuela”; pero, por alguna razón, me disgustó. Esperaba algo, tal vez, más en la línea de algunos de los otros relatos esencialmente suramericanos de “Octaedro” o de sus otros libros geniales.

Y es que, de hecho, ya desde el comienzo, la relación entre “Rayuela” y yo no empezó bien. Los volúmenes que se publicaban tenían como portada, todo el mundo lo sabe, la imagen de, bueno, todo el mundo lo sabe. Pero ocurría algo: en mi Valladolid natal, trazadas las casillas en el suelo con un yeso, un resto de pared, por supuesto, sustraído de entre escombros, recorrerlas en un orden predefinido saltando a la pata coja y moviendo entre ellas, también en un orden predefinido, una piedra que jamás llamábamos “tejo”, aquello se llamaba “jugar a la tanca” (y, para más inri, se me daba fatal, como casi toda la motricidad gruesa hasta que mi encuentro con el deporte esgrimístico me valió otras oportunidades). Así pues, el término “rayuela” era desconocido para mí, y no tenía ninguna relación con la imagen que adornaba, todo el mundo lo sabe, las portadas de las diversas ediciones; y me preguntaba yo, de hecho, por el por qué de aquella ilustración.

En cuanto al dispositivo literario de jugar con el orden de lectura de los capítulos, a pesar de mi juventud, yo ya me lo había encontrado, y excelentemente resuelto, en “La tournée de Dios”, cuarta y última novela que el genial dramaturgo Enrique Jardiel Poncela había publicado 31 años antes de la que ahora nos ocupa; y, la verdad, descontado el efecto sorpresa, el juego de ofrecer varios posibles recorridos por los capítulos, tal como lo ofrece Cortázar, pues, qué queréis que os diga, conmigo, pues no funciona; vaga aproximación a otro concepto que se cocía por entonces, sin saberlo nadie bien, y al que volveré dentro de algunas semanas.

¿Por qué, entonces, he decidido releer “Rayuela”? (Hmm… ahora sospecho que sin éxito.)

Bien; una faceta relevante ha sido la de poner a prueba mi propia capacidad de mantener la disciplina. Y es que me he vuelto francamente refractario a la lectura. ¡Quién me lo iba a decir! Fui, en tiempos, de esas gentes que, cuanto más gordo era el libro, más disfrutaban de antemano con el propósito de su lectura; quien me trataba por entonces lo sabe bien. Devoraba páginas veloz y con regodeo, y casi me daba lo mismo cuales; me regocijaba por igual con ladrillos de Gironella o con diccionarios secretos; galopaba ávidamente por las trilogías sobre la guerra civil de tres en tres, valga la redundancia (a la ya aludida añádanse Sender y Barea, para mayor precisión); me encantaba canturreando las octavas reales de Alonso de Ercilla, me refocilaba con volúmenes de notable cubicaje de Vargas Llosa o John dos Passos, y gruesos tochos del calibre de “Papillon” se me quedaban cortos. Y, ahora, sin embargo, el otro día, al comprar algún libro para regalar (y algún otro para quedarme, ya de paso, como de costumbre), me veo evitando “Jo confesso”, de Jaume Cabré, con el triste argumento de “qué gordo es”.

¡Quién lo dijera! ¡Quién dijera que, un día, digamos, empiezo a leer “Galíndez”, lo dejo por hoy, ya seguiré mañana, y hasta meses después no lo vuelvo a abrir! Y ¡quién dijera que, mentalmente, estoy envejeciendo tan mal! Que, en lo físico, me mantengo bastante mejor de lo que esperaría de mis actuales 58 tacos quien me hubiera conocido con, digamos, la mitad.

Empecé “Galíndez”, en realidad, porque creía que lo acabaría; creía que lo acabaría, en realidad, porque creía que no podría contar con su presencia física más que un par de días; y, bueno, en el fondo, también, porque confiaba en Vázquez Montalbán. Es un buen libro: es más, logré acabarlo, y pensé que era un buen libro. Pero fue necesario gestionar tenerlo, no ya un par de días, sino varios meses. ¡Y eso que es bueno!

Hay un par de matices interesantes que puedo aportar en este punto, pues, sorprendido, he reflexionado un tanto sobre mi patrón de lectura actual. Pero, si me pongo a desarrollarlo ahora, no termino esta entrada de blog hasta 2019, y tampoco es plan.

Pues bien, ahora he empezado “62…”, sin garantizar si lo acabaré, y echaré un vistazo a “Libro de Manuel”, si me da tiempo, ya que mi convivencia con estos títulos es provisional. Porque la relectura (si es que lo ha sido) de “Rayuela” me ha dejado sumido en una inmensa duda. He gestionado la desordenada numeración de sus capítulos siguiendo obedientemente las instrucciones que el propio autor ofrece; tal vez de joven ya hice algo parecido, no es seguro. Nótese que ello requiere leer la novela dos veces.

Y resulta que el entorno parisino, para mi sorpresa, se desvanece casi completamente hacia la mitad; y, siendo bien poco lo que recordaba de mi supuesta primera lectura, ha resultado ser que prácticamente todo ello, la imprecisa frase con un nombre femenino y algún detalle próximo, los retazos de argumento, los términos que me costó entender cuando era demasiado joven, nada de todo eso aparece en absoluto en “Rayuela”. Nada. Pero nada en absoluto.

¡Qué mal estoy envejeciendo!

¿Qué otro libro se me habría hibridado en la memoria? Aún no lo sé. Seguramente, con el tiempo, lo logre averiguar. Pero lo cierto es que he leído “Rayuela” como si fuera la primera vez que lo leía. (Podría ser que fuera así, incluso: que esta haya sido la primera vez que lo leía. ¿Quién se atreverá a seguir sosteniendo lo contrario, visto lo visto?)

Y ha resultado que es muy diferente leer “Rayuela” en la España de la segunda mitad del siglo pasado, con el dictador Francisco Franco recién muerto de viejo en su cama, que ya claramente avanzado el actual. Han pasado tantas cosas, se han creado tantos textos y, sobre todo, tanto metraje fílmico o televisivo; en la duda, elijo ver con optimismo los muchos cambios sociales habidos en este tiempo. Y, así, respetando plenamente a quien lo vea de otro modo, en estos momentos mi sensación es que a “Rayuela”, aún en mayor grado que a este humilde servidor de usted, por difícil que parezca, pues también le está ocurriendo algo de lo mismo: también ha envejecido, creo yo, bastante mal. Bueno; es la vida.

 

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La veritable història de Sant Jordi

Hi havia, fa molt de temps, un jove anomenat Jordi. Havia viscut com a camperol tota la seva vida fins que un bon dia decidí viatjar. Volia veure un drac, sempre li havien fascinat aquests éssers capaços de llençar foc per la boca.

El seu pare li havia deixat un ase per que viatgés de pressa i còmodament. En Jordi va viatjar durant uns dies sense veure cap drac. Pel camí va trobar un vell que li explicà que els dracs no sempre són simpàtics i li va preguntar si volia una llança i una armadura per si de cas. Al jove camperol li va divertir la idea i el vell les hi va donar tot dient que anés amb compte, que eren bastant antigues i estaven una mica rovellades.

En Jordi li va donar les gràcies i va continuar cap a l’est.

Uns dies més tard, en Jordi va veure en la llunyania una bola de foc elevant-se per sobre el bosc. Va baixar de l’ase i va córrer en aquella direcció: li feia molta il·lusió veure un drac.

En arribar a la clariana on creia que trobaria el drac, va sentir un bramul d’angoixa que el va fer estremir. Va continuar uns metres i va trobar el drac. Estava quiet a terra, mort. La seva desil·lusió va ser enorme, però més gran encara va ser la seva sorpresa al sentir una veu que deia:

– He mort el drac! He mort el drac!

En Jordi no sabia d’on venia la veu fins que va veure un cap i un braç sortint de sota el drac. Era un cavaller. S’hi va acostar i ja li anava a retreure haver mort una criatura tan fantàstica quan es va adonar que el cavaller mateix estava aixafat sota l’enorme bèstia i no es podia moure. Just abans de morir, el cavaller li va dir:

– Dóna-li aquesta rosa a la princesa.

En Jordi va agafar la rosa, sense tenir temps de preguntar-li a quina princesa es referia.

Uns instants més tard, una noia molt bonica va sorgir d’entre els arbres i exclamà, tot corrent cap a ell i abraçant-lo:

– Has vençut el drac!

Ell no comprenia res. Quan anava a dir-li que no havia estat ell, la noia li va fer un petó a la galta. Li va dir que ella era la princesa i que l’acompanyés al seu castell. En sentir la paraula “princesa”, en Jordi li oferí la rosa i ella es va emocionar tant que ell no es va atrevir a dir-li que era de part del cavaller mort.

En arribar al castell, tothom aclamava en Jordi per la seva gran gesta. En Jordi no volia espatllar-ho, així que va adoptar un posat orgullós, va agafar la princesa per la cintura i junts es van dirigir al castell.

El final ja no cal que l’expliqui, ja que aquesta llegenda es molt coneguda. Malauradament, molta gent encara no sap tota la veritat.

El Cavaller Esclafat

Este fin de semana, en casa de Toni y Rosa, tras una visita virtual al mundo de BookCrossing, y entre una partida de Scrabble (para mí por primera vez desde hace muuucho, y por primera vez en catalán) y una divertida consulta al I-Ching (cuando por fin entendí que está basado en la estructura feudal de ‘landed aristocracy’ no sólo típicamente china, y mi conclusión principal fue que he de sacar tiempo para retomar el viejo proyecto del poeta aleatorio), Toni sacó una cajita con fragmentos magnéticos, tipo los que ponemos en la nevera, con una palabra en cada uno.

That is: small magnetic fragments, each having a word printed on it. Four people started to play with them.

Cada una de las cuatro personas presentes en ese momento (Rosa, Toni, Elena y yo) se pilló un puñadito y empezó a jugar con ellas. Valía pedir prestada la palabra que tenía el vecino, si no la estaba usando.

This is the transcription of the results. Si nos conoces, igual puedes apostar a la correspondencia con personas. The first transcription (1) is intended to be completed by the reader adding as many additional words as convenient; the others are as such. The third and fourth transcriptions (3), (4) are intended as consisting of fully independent lines.

(1)

I always scream my joy sense grace
approach song rhythm
know can be young
am hard rigid metal
capture dazzle chisel
deep black raw instrument

(2)

blue waste
demand every death
purple junk
red in white silhouette from dust on canvas
was empty
fiery
but mad and wild and free

(3)

the best masterpiece impression surreal picture
our original passion
use know suffer if investigate through you
fashion mean do more mess

(4)

I write as an electric angel breaks a glass
ask how life balances a concrete feeling
latex film is glorious sex

A falta de un dato

June 28, 2008

En la columna de la derecha, en “Pages”, con el mismo título.

O bien, simplemente, clica aquí: https://balqui.wordpress.com/a-falta-de-un-dato/

Artista convidat

June 17, 2008

El flautista d’Hamelín: Relat d’un supervivent

Tothom sap que els humans ens odien. Els fem fàstic, angúnia o por. Però mai havia vist res com els vilatans d’Hamelín.

Tot va començar amb la gran plaga, la més gran en que he participat. Vam entrar a totes les cases, vam ocupar tots els forats i vam menjar de tot. Els vilatans estaven desesperats perquè no podien fer res contra nosaltres.

Cada cop érem més, però hi havia menjar per a totes. Era fantàstic. Vivíem felices a les cases d’Hamelín i ni els gats podien fer-nos fora.

I llavors vingué ell. Duia una capa vermella i un barret amb una ploma i duia un estrany pal. Es va acostar el pal a la boca i va començar a sonar una estranya melodia. Era una melodia dolça, bonica i tranquil·litzadora. Vam deixar de pensar en el menjar i en la nostra seguretat i vam anar cap a la melodia. Aquella música era l’únic que importava.

L’home començà a caminar i totes el vam seguir. Sense deixar de tocar, l’home va sortir del poble i va entrar al bosc. Jo no pensava en res més que en la música i no vaig veure el barranc. Vaig caure rodant pel pendent fins al fons del barranc que, per sort, no era molt profund.

Quan vaig aconseguir tornar a pujar al camí, la música gairebé no es sentia.

Vaig córrer tan ràpid com vaig poder. Aquella misteriosa melodia havia envaït altra vegada els meus pensaments. Cada cop m’apropava més a l’home de la capa, tot i que encara estava una mica lluny.

De sobte, la música va parar i l’encanteri desaparegué. Ara sentia clarament el soroll que feia l’aigua del riu. M’hi vaig acostar més. El que vaig veure va ser terrible. Un calfred em va recórrer l’esquena fins a la punta de la cua. L’home havia creuat el riu i estava assegut a l’altra banda. Però totes les rates que havien intentat seguir-lo estaven a l’aigua del riu intentant no ofegar-se. No tenien la més mínima possibilitat. Jo era l’única supervivent.

Va ser el meu instint de supervivència el que em va fer reaccionar. Vaig córrer tan ràpid com vaig poder per allunyar-me de l’home i del poble. Tenia por, gana i estava cansada, així que em vaig amagar al forat d’un arbre i em vaig adormir.

Quan em vaig despertar era de nit. Vaig aixecar-me per buscar alguna cosa de menjar i vaig pujar a un turonet. En arribar al cim del turó vaig veure altra vegada l’home. Aquest cop, però, el seguien un grup de nois i noies. Jo estava prou lluny per no sentir la música. Tot i així vaig caminar en direcció contrària, per evitar possibles problemes, i vaig començar a buscar alguna cosa de menjar tot pensant em com de ridículs i incomprensibles són els humans.

Adrià Balcázar Castell

Palíndromes

September 24, 2007

Intento retornar a la actividad en esta bitácora, tras el imperioso letargo estival durante el cual, como bien saben quienes me conocen, me he dedicado con fruición al dolce far niente, por semanas y semanas y semanas. Eso.

Y se me acumula la tarea, porque tengo mucho que ir explicando aquí, y resulta difícil decidir por dónde empezar. Adelante. Estos días, en el metro de Barcelona, entre algunos otros (pizca tristes), hmm, digamos, “entretenimientos”, las pantallas informativas y manipulativas ofrecen ocasionalmente un palíndrome que yo no conocía:

“¡Átale, demoniaco Caín, o me delata!”

(Curiosidad: puede llevar acento, la RAE admite ambas variantes.)

Si lo entiendo bien, las reglas del juego son, en español, la “n” y la “ñ” son distintas pero las demás marcas diacríticas son irrelevantes; no se distingue mayúsculas de minúsculas, se ignoran los espacios y los signos de puntuación, y lo que quede ha de ser idéntico al derecho que al revés. El primer caso que conocí, aún niño, un clásico sobre el cual diría que debemos coincidir casi todos, me fue aportado por mi padre,

“Dábale arroz a la zorra el abad.”

del cual, muchos muchos años más tarde, Jacobo me ofreció una versión más sofisticada,

“Adán dábale arroz a la mala zorra; el abad, nada.”

(Pero luego aprendí que este tipo de frases, en general,  cuanto más breves son, más mérito tienen.) En un libro o revista educativa encontré, hacia los años setenta, una monada,

“La ruta nos aportó otro paso natural.”

Y hasta ahí había llegado cuando, probablemente a través de Felipe, supe de Darío Lancini, de quien se cuenta que un día, ya mayor, le explicaron este juego, que resultó no conocer, y se mostró de inmediato asombrosamente dotado para crear estas frases: improvisó un par de ellas sobre la marcha, para asegurarse de que había entendido bien el concepto, y para pasmo de la concurrencia siguió fabricando de inmediato algunos más. Al menos, diría yo que así me fue narrado. Como es lógico, con los años Darío Lancini publicó un libro, que, como es lógico, se intitula

“Oír a Darío”

y que Felipe me prestó durante un tiempo. Me apunté en algún sitio un palíndrome de una página, en forma de poema, creo, que me encantó, copiado de ahí y que no sé dónde lo tengo; el último de los que ese libro trae es una obra de teatro, que mide docenas de páginas, que tanto da leerla empezando por el principio o por el final, y uno de cuyos personajes principales es “la enana cananea” (la siguiente palabra siempre empieza por “l”, naturalmente). De ese libro recuerdo bien dos, uno muy breve, la siguiente joya,

“¡No te comas la salsa, mocetón!”

y otra deliciosa contribución, que a mí me chifla,

“Ésto al sabio diré -habla la Nike-:
Para Pekín al alba
herido ibas, Lao-Tsé.”

Y como no sería yo si no me esforzara, a estas fechas, en echar mi cuarto a espadas, fusilando las ideas de Lancini (perdón, quiero decir, inspirándome en ellas) y aplicando alguna observación de hace algunos años, y dedicando mucho tiempo de transporte público, he aquí mi propia, humilde aportación al mundo palindrómico:

“Sabia dama, luz azul aseará
esa playa del farragoso Garraf, Leda,
y, al pasear, a esa luz azul
amada ibas.”

[El Garraf es la comarca que incluye Garraf, Sitges, y Vilanova y la Geltrú, en cuyo campus de mi universidad se desarrolla, desde hace algún tiempo, la mayor parte de mi actividad docente.]

[Sobre Lancini no he puesto enlace porque un par de golpes de Google llevan a muchas más páginas de las que me da tiempo a revisar hoy. Pondré algo en los comentarios, quizá.]

El Camino

February 11, 2007

El Camino

Cuento aportado a esta bitácora por mi hermanita, cuánto la quiero.

Muchísimas gracias!

En nombre propio, y en nombre de cuantos un dia pasen por aquí, lo lean y lo disfruten.