Le faltaba un dato, pobre; consecuencia: doce meses de mal rollo.

Cuando vio que todos iban tomando un papelito de colores del cesto que los contenía, en el centro de la mesa, aquello le sonó a conocido. Mientras todos se prestaban bolígrafos unos a otros, recordó perfectamente a su tío, El Embrujos, allá en el pueblo, dirigiendo un ritual similar. Papelitos de colores en el cesto, en el centro de la mesa, y cada cual tomaba uno; escribían allí los malos rollos, pensando todos un poquito para acertar con palabras precisas. Luego, juntos, casi en procesión, iban al campo, en las lindes del pueblo, y enterraban, juntos, todos los papelitos donde El Embrujos marcase. En el otoño, la lluvia se filtraría, los empaparía. Y, en el plazo de unos meses, o de un año, aquellos papelitos de colores, destruídos, carentes ya de las palabras que describían los malos rollos, heridos por los conjuros que El Embrujos recitaría tras enterrarlos, la tinta corrida, harían que se hubieran destruido, juntos, todos los malos rollos. Y así, cuando se encontraran de nuevo, todos juntos, un año más tarde, para repetir el ritual de los papelitos de colores en el zaguán de El Embrujos, tal vez serían algo más felices.

Entonces él era un crío; más tarde había pensado en esa hipotética magia de las palabras destruidas, y había despreciado el ritual, como tantos otros rituales de poco sentido. Pero, con el tiempo, había vuelto a apreciar lo que había en ellos de apoyo social, de comunicación humana, de ayuda mutua, de terapia de grupo. Cuando vio que todos iban tomando un papelito de colores del cesto que los contenía, en el centro de la mesa, se animó a participar.

Observó cómo todos pensaban un poquito, para acertar con palabras precisas: algunos, mirando hacia fuera, por la abierta ventana; otros, abstraídos, contemplando fijamente sus respectivos papelitos de colores. Él también tomó uno, pidió prestado un bolígrafo, preguntó a alguien una breve aclaración, “¿Y luego?”, obtuvo una breve respuesta, “Se destruyen, claro.” No necesitaba más.

Pero eran otras tierras, otros lugares, otras creencias. Y otros rituales. En aquel solsticio de verano, pobre, él no sabía que le faltaba un dato.

Más tarde trajeron una llama, prendieron la hoguera, contemplaron largamente su forma de chimenea mientras la enorme pirámide de ramas delgadas, muy poquito a poquito, perdía su volumen. Cuando los más atrevidos empezaron a saltar las brasas, de uno en uno, o, más tarde, de a dos o de a tres, alguien gritó: “¡Los papelitos!”, y se formó una extraña fila en la cual él también se situó. Por turno, cada cual se acercaba a la hoguera, lanzaba su papelito, doblado o arrugado, haciendo que ocupara el mínimo volumen, sobre el fuego, y se alejaba pronto hacia un lado u otro para permitir el paso del siguiente. Arrugó, con rabia, el papelito en que había escrito, acertando con palabras precisas, todos sus malos rollos, aguardó su turno, y se sintió mejor tras cumplir con el ritual. Luego danzaron en corro frente a las brasas. Sólo más tarde supo que le faltaba un dato.

Poco más tarde, después de danzar. Juntos, cuando caminaban luego hacia la Fuente de las Encantadas, alguien le recomendó, insistente: “Sobre todo, nunca hay que contarle a nadie qué deseos hemos escrito en los papelitos de colores.” “¿Deseos?” “Sí, claro, los deseos para los doce meses que vienen, hasta el próximo solsticio, lo que más intensamente deseamos que nos ocurra. El fuego es mágico y los hará realidad.” “Sí, claro.”

“Sí, claro.” Qué otra cosa iba a contestar. No era el momento de ponerse a explicar que él había pensado en otro ritual, el de su tío El Embrujos en su niñez, y que lo que había escrito en el papelito eran todos los malos rollos que quería superar. No pudo quitarse el dato de la cabeza, tampoco cuando vio que, en la Fuente de las Encantadas, todos, por turno, antes de acercarse a realizar una breve ablución, pensaban un poquito, como para acertar con palabras precisas. En la duda de qué significaba el ritual, si deseos que se hicieran realidad o malos rollos que se quisieran superar, se esforzó tanto como pudo en poner su mente en blanco, cuanto le fué posible, al acercarse a la fuente: pensamientos vacíos, el murmullo del agua como ayuda. Se mojó un poco los labios, se lavó someramente, bebió un mínimo trago, y se alejó pronto hacia un lado para permitir el paso del siguiente. Él mismo ya entonces se dio cuenta: se le venían encima malos tiempos.

Pobre. Le faltó un dato; consecuencia: doce meses de mal rollo. El mismo fuego mágico que, le parecía a él, repartió felicidad entre aquellos que le acompañaron a celebrar el solsticio de verano en la montaña, el mismo fuego mágico le pareció que le traía, en efecto, de vuelta a su vida, todos los malos rollos que quería superar. Incluso, le parecía a él, los que no estaba seguro de haberse acordado de apuntar en aquel odioso papelito que había arrugado con rabia frente a las brasas. Y todo por faltarle un dato.

Pero hoy lo vemos tranquilo, sonriente, satisfecho. Contento de sí mismo, de su plan. Está solo, una de las consecuencias de tantos malos rollos, pero ha tomado las riendas del ritual. Hélo ahí, su papelito en la mano, en la noche del nuevo solsticio, mirando hacia afuera por la abierta ventana. Contemplando, desde su buhardilla, el campanario próximo que, pronto, dará las doce. Ante él, junto a una caja de cerillas, en una ancha bandeja metálica, una pirámide de mondadientes, con la misma forma de chimenea que viera un año atrás; pero en miniatura. En cambio, el papelito es bastante grande. Acertando con palabras precisas, ha expresado dos listas de deseos. La mitad de lo que ha escrito, al cumplirse merced al fuego mágico, corregirá los malos rollos que ha sufrido por doce meses adicionales. La otra mitad, al cumplirse merced al fuego mágico, le traerá, con un año de retraso, qué se le va a hacer, los deseos que, un año antes, habría expresado con palabras precisas de no haberle faltado un dato.

Apenas las campanas han dado las doce, en la templada noche de San Juan, él comienza su propia, personal celebración del solsticio de verano: el ritual que cree que necesita. Tras prender, con dos cerillas juntas, la simbólica hoguera de mondadientes, y contemplarla perdiendo, muy poquito a poquito, su volumen, pliega con cuidado, casi se diría con cariño, el papelito; y, una vez éste ocupa el mínimo volumen, lo deposita en el fuego con cuidado, casi se diría con cariño. Él no sabe que le falta un dato.

Porque son otras tierras, otros lugares, otras creencias. Y otros rituales. En este nuevo solsticio, él, pobre, no sabe que le falta un dato: para que el fuego sea, de verdad, el fuego mágico, igual que el de hace un año; para que el fuego mágico pueda hacer realidad lo que más intensamente deseamos que nos ocurra, sí que basta una pirámide de mondadientes: pero no vale prenderla con dos cerillas cualquiera, aunque sea juntas. La terapia de grupo, la ayuda mutua, la comunicación humana, el apoyo social en estas tierras y creencias,
exige que se prenda el fuego mágico con la llama del Canigó. Le falta un dato.

Esta noche de solsticio, él no sabe que se le vienen encima, de nuevo, malos tiempos; que le será más difícil todavía superar unos cuantos problemas que forman una parte de su vida, porque ello sólo depende de sí mismo, de sus propios esfuerzos. No sabe que abrasar el papelito es, simplemente, un ritual de poco sentido, como los que antaño despreciara, pues, a falta de prenderlo con la llama del Canigó, no será el de su ritual un fuego mágico que le ayude a superarse.

Le falta un dato, pobre; consecuencia: otros doce meses de mal rollo.

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3 Responses to “A falta de un dato”


  1. […] bien, simplemente, clica aquí: https://balqui.wordpress.com/a-falta-de-un-dato/ Posted by balqui Filed in Creación Literaria, Narrativa Tags: Add new […]

  2. La Santa Espina Says:

    Som i serem gent catalana
    tant si es vol com si no es vol,
    que no hi ha terra més ufana
    sota la capa del sol.

    Déu va passar-hi en primavera
    i tot cantava al seu pas.
    Canta la terra encara entera,
    i canta que cantaràs.

    Canta l’ocell, lo riu, la planta
    canten la lluna i el sol.
    I tot treballant la dona canta,
    i canta al peu del bressol.

  3. balqui Says:

    Sí, exacto, eso es lo que cantaba la peña sobre la megafonía instalada en aquel camping nudista de la Catalunya Nord, junto a la Font de les Encantades, en la curiosa vivencia que inspiró este relato.


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