Una herencia: “Cuentecillo al retornar”

October 29, 2006

Una de las entradas en Balqui in the Wild Side (I), que copio ahora en esta otra bitácora; dado que me han llegado comentarios jugosos por email debido a que en la bitácora inicial muchas de mis gentes queridas tienen dificultades de acceso por su ideología a favor del “open source”. Al igual que allí, en vez de una entrada larga el texto de verdad aparece en el primero de los comentarios.
Seguramente copiaré aquí alguno de los comentarios anteriores, los más valiosos para mi ego (a fin de satisfacer a alguien que me ha llamado más de una vez Narciso).

Todo parecido con personas reales es mera coincidencia; excepto, por supuesto, el Estanque, que no es una persona…

Copyleft José Luis Balcázar, 2006; dominio público, licencia “Share-Alike” de Creative Commons, http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es/

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3 Responses to “Una herencia: “Cuentecillo al retornar””

  1. balqui Says:

    CUENTECILLO AL RETORNAR

    En un remoto tiempo y lugar vivía un humilde campesino, cuyo nombre es irrelevante para esta historia.

    Aquel día, un día lindo de comienzos de otoño, su camino se cruzó con el de una jovencita quinceañera a quien conocía bien; aunque era casi una mujer para quien se la encontraba, ella misma, al contemplarse en su espejo, aún veía a una niña. Se llamaba Mira, y le preguntó:

    – ¿Vienes a la despedida del Estanque de la Brujita del Estanque?

    Él, aunque algo mayor, sabía jugar; y eran muchas las veces en que habían jugado juntos, con los otros niños, Mira, él, y varias amigas brujitas.

    – ¿Despedida? ¿Se va la Brujita del Estanque?

    – ¡No, no! Por supuesto, ella no se va, qué haríamos sin ella. Se va el Estanque. ¡Ven! Vendrán muchos de nuestros amigos, las Brujitas de Caritagorda y Caritaflaca, Nin el Delfín, la Brujita de Montecapricho… ¿la conoces?

    – Pues… No, no la conozco.

    – Ah, entonces tienes que venir, te gustará. Seguro que haréis muy buenas migas, ya lo verás, te va a encantar conocerla.

    Por el camino hablaron de más cosas: el boticario, por supuesto, había sido invitado también, porque también él jugaba con los niños; pero no el alcalde, desde luego, tan serio, ni el teniente de la Guardia Civil, ni el cura. Pero, cuando llegaron, aún no había entendido qué era aquello de que “se iba el Estanque”; y estaba en ascuas por conocer a la Brujita de Montecapricho, y por hacerse su amigo.

    Sin embargo, ese deseo, en el momento en que llegaron, sin saber por qué, se disolvió como en agua de lluvia; y Nin, el Delfín, le ofreció un paseo a su lomo por el Estanque, que él aceptó de inmediato; cuando creía que pronto podría entender qué pasaba en realidad con el Estanque, Nin explicó:

    – Deberías bajar ya. Fíjate, todas aquellas gentes quieren dar también, subidas a mi lomo, una última vuelta al Estanque. Anda, ven, baja.

    De inmediato la Brujita del Estanque le ofreció cava y cerveza, aunque su conversación tampoco le aclaró qué era aquello de que el Estanque se iba. Pero pasó una tarde agradable, y pronto se encontró volviendo al pueblo con las Brujitas de Caritagorda y Caritaflaca, a quienes conocía de hacía tiempo, pues también ellas jugaban a menudo con los niños; y se apreciaban mucho.

    Y, al cabo de unos pocos días, cuando disfrutaba sintiendo la caricia del sol de otoño en el rostro, sentado en un gran pedrusco, acertó a pasar por allí la propia Brujita del Estanque.

    – ¡Hola! Hace días que te quiero preguntar por el Estanque.

    – ¡Ah, nada! Se fué. Justo al día siguiente de la fiesta de despedida. ¡Pero hoy es el día en que nos libraremos de las ratas! ¿No vas a la Plaza?

    – ¿Para qué? ¿Cómo nos libraremos de las ratas?

    – ¡Oh! ¡No te has enterado! El alcalde ha contratado al flautista de Hamelin; nos lo va a presentar justo ahora, en la Plaza. ¿No vienes?

    – ¡Pero eso es muy peligroso! La última vez que yo supe algo de ese flautista, no sólo ahogó a un ejército de ratas sino que, ya que estaba en ello, ahogó también a todos los niños.

    – ¡Sí, claro, todos lo supimos! Por eso hay esta reunión en la Plaza: el alcalde pagará al flautista delante de todo el mundo y por anticipado, y harán algún discurso, para tranquilizar a todo el pueblo. Anda, vamos. Seguramente estará también mi amiga la Brujita de Montecapricho, la conociste el otro dia en la despedida del Estanque, ¿verdad?

    – Pues… No, no la conozco; diría que Mira me habló de ella, pero no supe más.

    – Ah, pues te encantaría hablar con ella. Sabes, tiene el poder más extraño de todos los que conozco: quien la mira, si en ese momento tiene un deseo intenso, bueno o malo, sin saber por qué, se le disuelve como en agua de lluvia, y lo olvida de inmediato. Y si, en el fondo de su mente, sabía que no era bueno desearlo, ya no lo recuerda jamás; pero, si era bueno, con el olvido le viene la valentía para superar todo cuanto se le oponga y alcanzar ese deseo. ¡Y lo más increíble de todo es que ella misma se queda sin tener ni idea de cuál era ese deseo, el que por su propio poder se desvaneció!

    Pronto llegaban a la Plaza, atiborrada de un gentío expectante y muy inquieto; miradas de reojo controlaban la situación de cada uno de los niños del pueblo, desde los bebés a las adolescentes por madurar. En un estrado ante el Ayuntamiento, el flautista, un estrafalario individuo ataviado de arlequín veneciano, exhibía, orgulloso, la flauta de plata dorada cuya música atraía, casi por igual, a ratas o a niños. Viéndolo desde lejos, la envidia se abría un camino en su corazón. “¡Quién tuviera, como él, un instrumento musical que anulara la voluntad de los seres que lo escuchan! ¿Cómo la obtuvo? ¿Cuál es su historia? ¡Por qué no podría ser yo un mago parecido, en vez de sacar adelante mi vida de campesino!”

    – Mi amiga, la Brujita de Montecapricho: creía que os conocíais.

    Y, en ese mismo momento, sin saber por qué, aquella envidia que crecía en su interior se disolvió como en agua de lluvia, mientras el alcalde largaba su discurso y entregaba una gruesa bolsa de piel al flautista, el cual examinaba su contenido y prorrumpía, a su vez, en declaraciones ampulosas que pretendían tranquilizar al respetable.

    Así le invadió, entonces, una rara paz interior, que dió paso de inmediato a una leve expectación; pues, entre latidos acelerados de todos los corazones, y miradas preocupadas de todo alrededor, el extravagante flautista bajó del estrado, se situó ante la mal empedrada calle que bajaba hacia el río y, llevándose la dorada flauta a los labios, extrajo de ella una suave e intrigante melodía, que parecía siempre igual y siempre diferente, salmodiada con sentimiento y precisión; salpicada de arcaicos melismas que aceleraban por sorpresa, siempre con un tempo riguroso y exacto, hasta los más viejos del pueblo no podían evitar que su pie siguiese el ritmo. De un vistazo alrededor, percibió cómo jóvenes y adultos meneaban las caderas, la cabeza, las manos, el torso, entrecerrando los ojos, capturados por la música sorprendente, que arrastraba, casi incontrolables, a sus propias articulaciones.

    ¡Ratas y más ratas salían de todos los sótanos, y seguían al flautista, que había emprendido la bajada hacia la orilla! En los corrales, todos los animales se agitaban, alterados; bandadas de pájaros sobrevolaban al flautista y, tras las ratas, hombres y mujeres se esforzaban en permanecer quietos, intentando refrenar el deseo de bailar que dominaba sus pies.

    ¡Una silueta se lanzó, bailando pendiente abajo, tras las ratas! “¡Es Mira!”, gritó la Brujita del Estanque. Corrió tras ella hasta alcanzarla, la tomó de la mano, estiró su brazo; y desde la Plaza vieron cómo la arrastraba hacia a un árbol próximo, al que ambas se agarraban mientras sus pies no dejaban de danzar. Poco a poco, el flautista, las ratas, y la imperiosa, intoxicante melodía se alejaban por el camino de la ribera, y cada ser volvía, poco a poco, a sentirse de nuevo como antes. La Brujita de Montecapricho le miró entonces, intensamente, diciéndole:

    – Te ví, el otro día, en la fiesta de despedida del Estanque. Dime, ¿qué era, lo que entonces buscabas?

    Mientras su vista se perdía en los ojos, dulces y atractivos, de la Brujita de Montecapricho, en sus entrañas se formó, inmediata e imparable, una brevísima respuesta: “Tú”. Pero, cuando la sílaba burbujeaba hacia sus labios, sin saber por qué, se disolvió como en agua de lluvia; y, en su lugar, sin saber por qué, otras palabras eran las que modulaban su voz:

    – Te contaría un cuento. ¿Quieres?

    – ¡Me encantan los cuentos!

    Y, tras algunos segundos de silencio que siguieron, intensos y palpitantes, a aquella respuesta de la Brujita de Montecapricho, su voz, sin saber por qué, comenzó, muy despacio, a narrar:

    – “En un remoto tiempo y lugar vivía un humilde campesino, cuyo nombre es irrelevante para esta historia.”

  2. balqui Says:

    [Transferido de BitWS(I)]

    (kein Name)

    Y si el estanque se habia ido, dónde se llevó el flautista a las ratas? (estas ex-investigadoras… no se dejan (sólo) cautivar por la magia de la música)…
    Genial!

  3. balqui Says:

    [Comentario que me ha llegado por email, con la solicitud de que permanezca como “de autor anónimo”]

    Este campesino no es un hombre cualquiera. Falto de poderes fácticos no tiene por qué imponer su voluntad y así jugarse sus amistades, especialmente féminas y niños. Pero desea salir de su condición y ansía poseer poder sobre la gente, se siente atraído por unos ojos mágicos o por una flauta que anula la voluntad, y que bien pagada, es inocua con los inocentes.

    Incapaz de descifrar lo que ocurre a su alrededor se mueve por pulsiones y por amistades.

    Todos queremos poder sobre los demás. Algunos queremos un poder más masculino, más evidente, — alcalde, teniente y cura lo poseen, pero han perdido la capacidad de jugar, de saber estar con los niños –. Otros son buenos compañeros de viaje entretejidos en nuestras vidas pero sin generarnos grandes pulsiones. Otros en cambio, tienen poderes mágicos, buenos y profundos. La bruja MonteCapricho y el flautista, admirados por el campesino estan en esta categoría.

    Y de qué armas dispone él? de la palabra y de la amistad.


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